La teoría gubernamental, llevada a la práctica, de que los inhaladores activos de humo del tabaco deben compensar su vicio a la sociedad, que les permite convivir en ella, con una aportación económica por cada uno de los cigarrillos que van aniquilando cada uno de sus bronquios, es aceptada y venerada por un amplio sector de la civilización desarrollada.
Existen otros factores que llevan a nuestros cuerpos a convertirse velozmente en polvo, tan o más peligrosos que el diabólico tabaco, que junto a este crean los nuevos cuatro jinetes del Apocalipsis. Hablamos de la diabetes, el colesterol y la hipertensión arterial. Estos tres últimos pueden prevenirse y evitarse con una dieta equilibrada. La alimentación sana consiste básicamente en comer de todo, en cantidades moderadas y abstenerse totalmente de la denominada comida basura.
Pasteles, pastelitos, pastelones, grasas, grasientos, salsas, dulces, fritos y fritas podríamos incluirlas sin temor a equivocarnos en las comidas que aumentan el riesgo de muertes prematuras. No debemos olvidar que la gente no muere únicamente de bronquitis o de cáncer de pulmón. Infartos y embolias están tan relacionadas con el tabaco como con la dieta.
Encontraría justo y necesario también gravar todos estos productos que nos llevan a la muerte por ese desagradable recoveco, que es la comida de ínfima calidad dietética, ya que los consumidores de todo esta basura también habitarán en los hospitales y centros de primaria por los siglos de los siglos.
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