miércoles, mayo 02, 2012

Los comentarios de los lectores en este artículo y en este otro, publicados ambos en Jot Down, me...

Los comentarios de los lectores en este artículo y en este otro, publicados ambos en Jot Down, me...:
Los comentarios de los lectores en este artículo y en este otro, publicados ambos en Jot Down, me han hecho pensar en por qué los españoles parecemos ser impermeables a la ironía, la sátira o la provocación intelectual más o menos obvia. Porque oigan, yo no he conocido pueblo más cenutrio, gris y con menos sentido del humor que el español. Y si no me creen, prueben ustedes a ironizar sobre la procesión de la Esperanza de Triana delante de un sevillano, supuestamente los campeones nacionales del cachondeíto y la fiestuqui y el buen rollito. O estudien la vergonzosa, patética y provinciana reacción del gobierno y de los medios de comunicación españoles a los chistes de los guiñoles del Canal Plus francés. No me hagan buscar, pero no creo que haya muchos gobiernos democráticos que hayan presentado una queja formal a su país vecino por los gags de unos muñecos de trapo y plástico. Un poco más y llaman a consultas al embajador. Así que me aventuro a sostener que no existe sobre la faz de la tierra un pueblo con una disonancia cognitiva mayor entre su sentido del humor “percibido” y el “real”. Es decir entre lo que se cree que es (un pueblo de aristócratas británicos con un fino sentido de la ironía) y lo que es en realidad (un pueblo de cabreros).
Mi primer impulso ha sido pensar que, lisa y llanamente, el español medio no sabe leer. Usted escribe “los empresarios deberían disfrutar del derecho de pernada sobre sus becarias” y los españoles leen “los empresarios deberían disfrutar del derecho de pernada sobre sus becarias”. Así se lee en España, literal, recto y a lo hotentote: lo que está escrito está escrito. Punto.
Pero luego ves a los españoles riéndose con Ricky Gervais, o con Sarah Silverman, o con el finado Bill Hicks, o con gente incluso menos sutil que estos tres cafres, y piensas “a ver, algo pillan porque se están riendo”.
La cuestión es que, en realidad, no están pillando nada. El español se ríe cuando percibe que el objeto de la sátira es alguno de sus hombres de paja más odiados: los curas, la derecha, los judíos, Esperanza Aguirre o la banca. Pero haga usted exactamente el mismo tipo de chiste sobre los progres, el 15M, el ecologismo, los palestinos o Radiohead y va a enterarse de lo que vale un peine. A los tolerantes se les acaba la tolerancia en menos que de lo que tarda en piar un ruiseñor. Cachondeo sí, pero contra los de siempre.
Puestos a analizar el fenómeno mediante la socorrida psicología de taxi, yo diría que hay dos factores que convierten al español en un ente refractario a todo tipo de sutileza cómica:
1. Analfabetismo puro y duro. La sátira y la ironía exigen una sofisticación intelectual incompatible con un sistema educativo que desprecia la meritocracia y con un clima social que considera elitista todo lo que se eleve media pulgada por encima de los lugares comunes más chuscos.
2. Inseguridad y complejo de inferioridad. La sátira se percibe como un ataque directo en vez de como un reto intelectual relativamente inofensivo al que todos pueden jugar en la modesta medida de sus posibilidades. El español busca reafirmar sus prejuicios mediante la adhesión al grupo y todo lo que amenaza la teología de ese grupo es percibido como una agresión. Los españoles toleran los ataques directos y brutales contra sus dogmas de fe, pero no la sátira sobre ellos.
En España, la sátira supone añadir el insulto de la inteligencia a la injuria de la irreverencia. De ahí que el humor español, a nivel popular, sea de una precariedad intelectual atroz y más propio de una sociedad en un estadio primitivo de desarrollo cultural que de una en un estadio avanzado de alfabetización.

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