lunes, abril 30, 2012

Concursos: el hombre que derrotó a la CBS

Concursos: el hombre que derrotó a la CBS:
“Algo iba realmente mal. Ahí estaba ese tipo salido de la nada acertando el recuadro del premio una y otra vez. Era una locura, créeme. Y no podíamos detenerlo. Siguió acertando ronda tras ronda” (Michael Brockman, directivo de CBS)
Está rompiendo la banca de Press your luck, uno de los concursos estelares de la CBS. Un concursante está provocando el pánico tras las cámaras, en los pasillos, en la sala de control… nadie puede explicarse lo que está sucediendo. En tan sólo un programa lleva acumulados más de 100.000 dólares de premio. Nunca había ocurrido algo parecido en toda la historia de la televisión norteamericana. Un botín de esa magnitud había parecido inalcanzable. De hecho, los productores del programa habían considerado esta posibilidad sencillamente imposible. ¡Demonios, era imposible! Y sin embargo, estaba sucediendo.
Mientras, ante las cámaras, el público del plató tan pronto aplaude con entusiasmo en algunos momentos, como contiene la respiración guardando un completo silencio en otros. El concursante en cuestión, un tipo de pinta algo estrafalaria y gestos extraños, no particularmente carismático ni agradable, ríe triunfalmente y gesticula eufórico para escenificar su victoria. Pese a lo completamente anómalo de la situación, el presentador Peter Tomarken consigue mantener el tipo. Incluso bromea con el concursante, soltando frases como “¿qué se siente ahora, siendo propietario de media CBS?”. Aunque en el fondo es tan preso del asombro y la confusión como el resto del personal del programa. Porque entre bastidores está a punto de desatarse el caos. Todo aquello no tiene sentido. En la CBS están muy nerviosos: el que alguien pueda llevarse premios tan cuantiosos  sin que ellos comprendan el cómo,  supone un auténtico problema. De hecho, la cadena tenía una cláusula por la que, si algún concursante ganaba más de 25.000 dólares en alguna improbable ocasión, no podría volver a participar en ningún otro programa de la emisora. La CBS se protegía de los “jugadores de ventaja”. Y ahora este individuo está cuadruplicando esa cantidad considerada “máxima” sin apenas inmutarse.
Y eso que es un concurso donde obtener grandes premios no resulta nada fácil. En Press your luck, un concursante está condenado a perder la mayor parte de sus ganancias, o todas ellas, cada cinco o seis rondas. Desde que empezó a emitirse el programa ha sido así, y los concursantes lo saben: llevarse algún premio cuantioso es cuestión no tanto de reflejos como de suerte. Ningún ser humano puede acertar demasiadas rondas seguidas. El truco para no perderlo todo está en saber retirarse a tiempo. Pero hoy la cosa ha cambiado: el insignificante Michael Larson lleva más de cuarenta rondas consecutivas acertando premios. Algo que, simple y llanamente, ¡resulta inconcebible! ¿Qué está pasando? ¿Cómo puede ser que aquel tipo vaya a llevarse una fortuna semejante del programa? ¿Está haciendo trampas? ¿Es un alienígena? Finalmente, tras la mayor racha ganadora que se haya visto nunca en el show, Larson decide plantarse, con un botín acumulado de 110.237 dólares. Es el mayor premio que nadie se hubiese llevado en un único día, nunca, desde que existe la televisión.
Mientras Peter Tomarken va despidiendo el programa, una actividad febril se ha desencadenado en la sala de control. Se discute acaloradamente para averiguar qué clase de trampa puede haber utilizado Larson… porque todos están completamente seguros de que ha hecho trampas. Aunque no se les ocurre cuáles. Durante los días siguientes se producen tensas reuniones de directivos y productores: ¿acaso vamos a dejar que este individuo se vaya con todo ese dinero? ¡Es un tahúr, un sinvergüenza! ¿Acaso está compinchado con alguien del personal? Pero ni siquiera en ese hipotético caso de colusión son capaces de imaginar cómo puede haberlo conseguido. Se devanan los sesos durante mucho tiempo intentando encontrar una respuesta, algo, el más mínimo detalle que se pueda presentar como demostración de que se ha producido una estafa y que les evite tener que darle su premio a Larson. Lo van a tener difícil.
Un conductor de camión de helados en paro
Michael Larson, treinta y cinco años de edad —aunque a causa de sus canas aparenta bastantes más—, natural de Ohio, aunque vive en Florida, antiguo mecánico de equipos de aire acondicionado, vendedor de helados ocasional, ahora sin trabajo, casado en terceras nupcias con Teresa Dinwitty, padre de un par de hijos de relaciones anteriores… hijos de los que no se ocupa demasiado. Era considerado por la gente cercana como un tipo extraño, con una personalidad particular. Quienes lo conocían bien afirman que era un tipo muy inteligente, de carácter llevadero, pero que también podía resultar frío y egoísta. Aunque está desempleado, parece movido por una única idea: la de conseguir un método para ganar dinero rápidamente.

Michael Larson sembró el más absoluto desconcierto cuando hizo saltar la banca en el concurso "Press your luck"
Pero todo esto supone adelantarnos a los acontecimientos, así que comencemos por el principio. Larson, como decimos sin empleo, está en el salón de su casa, realizando su actividad preferida de los últimos meses: pasarse horas y horas viendo un concurso de televisión detrás de otro. Desde siempre ha tenido la tendencia a interesarse por algún tema llegando con frecuencia al punto de desarrollar una verdadera obsesión, volcándose en ello hasta llegar a conocerlo a fondo. Esta vez, el tema que centra sus obsesiones son los concursos. Los ve cuando se emiten en directo, pero también los graba en vídeo para poder repasarlos una y otra vez más adelante. Su mujer le pregunta qué pretende con todo aquello, pero la respuesta resulta más bien vaga: ni siquiera el propio Larson sabe exactamente qué está buscando. Probablemente busca algún patrón, pero ¿cuál? Y ¿para qué? Y ¿en qué concurso concreto? Mientras, la pila de cintas de vídeo va creciendo.
Press your luck es uno de los concursos más en boga por entonces y uno de los que ofrece mayores premios. Tres participantes se enfrentan en unas rondas de preguntas, y después juegan con un panel electrónico que hoy nos parece rudimentario, pero que en 1984 era la última maravilla tecnológica de la televisión norteamericana. Era como una ruleta electrónica. El panel estaba compuesto por una serie de recuadros donde van apareciendo en rápida sucesión distintos premios, desde cantidades de dinero en metálico hasta viajes, pasando por la posibilidad de volver a jugar otra ronda adicional. Aunque también hay recuadros negativos: los “Whammys” (la mascota del programa) cuyo efecto es el de quitarle al concursante el dinero que había ganado hasta el momento. Los recuadros del panel se van iluminando sucesivamente con bastante rapidez y aparentemente al azar. El concursante ha de pulsar un botón y decir “stop!”, momento en que la luz se detiene sobre un recuadro: lo que hay en el recuadro iluminado, es lo que el concursante ha ganado en esa ronda. Al diseñar el programa y poner a prueba el sistema de juego, los creadores habían comprobado que un concursante podía aspirar a jugar, como regla general, unas seis rondas seguidas en el panel antes de caer inevitablemente en un Whammy y perder sus premios acumulados. El recuadro iluminado cambiaba demasiado rápidamente y de manera demasiado imprevisible como para que ningún concursante tuviera algún control sobre el premio que iba a recibir. Acertar una ronda era cuestión de pura suerte más que de reflejos, y el Whammy terminaba iluminándose por pura probabilidad… nadie sería nunca capaz de esquivarlo permanentemente. Así que el truco para llevarse un buen premio consistía en, si se tenía la suerte de acertar algunas rondas, no dejarse llevar por la avaricia y saber retirarse a tiempo. Sobre el papel, Press your luck era un concurso inexpugnable. Todo era cuestión de suerte, y la suerte suele favorecer casi siempre a la banca.
Pero Larson seguía sumido en aquella rutina obsesiva de ver las grabaciones de concursos continuamente, diseccionando los mecanismos que regían cada programa. Y un buen día, tras haber repasado hasta la extenuación episodios de Press your luck, notó algo extraño. Después de haber contemplado una infinidad de rondas en las que los recuadros se iluminaban en una rápida y caótica sucesión, creyó observar que había recuadros donde no parecía iluminarse nunca un Whammy. Prestando más atención, rebobinando las cintas de vídeo una y otra vez, Michael Larson tuvo una revelación. Descubrió que su intuición no le había engañado y que los recuadros no se iluminaban al azar, como parecía a primera vista. Existía un patrón. Sobreexcitado, repasó las cintas con más ahínco todavía, analizando cada ronda. Y lo descubrió.
Existían cinco secuencias, siempre las mismas, según las cuales se iluminaban los recuadros del panel. El proceso ocurría de forma tan rápida —y estaba tan envuelto por el ambiente trepidante del programa, con sus ruidos y alboroto— que ningún concursante (ni espectador) lo había observado nunca. Era algo casi más rápido que el ojo humano…  pero una vez detectado, resultaba extraordinariamente evidente. Michael Larson había descubierto el secreto de Press your luck. Porque, efectivamente, el panel era controlado por un rudimentario programa informático que utilizaba cinco secuencias distintas de iluminación. Aquello era un descubrimiento increíble: podía vencer al concurso. Empezó a practicar en casa y, aunque se requería cierta concentración a causa de la velocidad con que cambiaban las luces, cuando Larson hubo memorizado las cinco secuencias completas pudo empezar a acertar siempre los recuadros que contenían premio, ronda tras ronda. Era hora de viajar a California y participar en el concurso.
“Press your luck era el Titanic, Michael Larson era el iceberg”
El supervisor del casting de Press your luck creyó notar algo inquietante en aquel aspirante; como si no fuese completamente sincero al hablar de su propia vida durante la entrevista, como si guardase algún secreto, o como si se hubiera presentado al programa con algún plan en mente. Michael Larson probablemente quería parecer más cándido y “natural” de lo que realmente era, como una manera de ocultar que quería participar en el concurso porque había revelado el secreto de su mecánica. Fingía y no resulta sorprendente que se le notara. Cuando alguien se dedica a entrevistar a centenares de personas para un puesto, acaba percibiendo aquellos casos en que alguien se comporta de manera ligeramente diferente, por algún  motivo. Pero, ¿qué importancia podía tener aquello? El aspirante, por peculiar que fuese el aura que desprendía, respondió bien a las preguntas de prueba y parecía tener buenas capacidades para concursar, así que terminó siendo escogido para aparecer en el siguiente programa.
Y la grabación del programa empezó con normalidad; los tres concursantes fueron presentados ante la audiencia. Los otros dos participantes recordarían después que infravaloraron a Larson a causa de su aspecto insignificante, su falta de carisma y su sonrisa atontada. Se inició el concurso y Larson tuvo oportunidad de enfrentarse al panel por primera vez, pero no empezó con buen pie. Concursar en el plató, ante las cámaras y el público, con la presión de la competición… no era lo mismo que estar tranquilamente sentado en el sillón de casa. No logró tranquilizarse lo suficiente. La primera vez que detuvo el panel, cayó en el recuadro de un Whammy. Primera ronda, primer fallo.
Pero no se desanimó. Conocía el secreto, tenía una oportunidad única de llevarse un buen dinero y sólo necesitaba conseguir concentrarse. Se sabía de memoria las cinco secuencias que podían aparecer en el panel: tenía que observar, reconocer la secuencia y actuar con la suficiente rapidez. No era fácil, pero era muy factible. Lo había practicado en casa innumerables veces, así que recuperó la compostura y se centró en lo que había que hacer. Si lo hacía bien, no podía perder. En la siguiente ronda del panel, empezó a acertar. Y empezó a ganar. Una ronda, y después otra. Y otra, y otra, y otra.
El presentador estaba atónito, pero conseguía disimularlo con mucha profesionalidad. Los otros dos concursantes —que lógicamente también conocían muy bien el programa— asistían boquiabiertos a lo que, a todas luces, resultaba imposible. En la sala de control empezaban a preguntarse si aquel tipo era un marciano o si estaban contemplando al mayor tahúr de todos los tiempos. Michael Larson se mostraba alegre entre ronda y ronda, celebrando los aciertos como cualquier otro concursante, pero a medida que iba acertando más rondas —y acumulando más y más dinero que podría perder al primer fallo— comenzó a mostrarse mucho más serio y concentrado. El público del plató guardaba un silencio sepulcral en cada nueva ronda: no entendían muy bien lo que estaba sucediendo, pero explotaban de júbilo con cada nuevo inexplicable acierto de aquel desempleado de Florida. La tensión y la locura reinaban alternativamente en el plató de Press your luck.
Después de treinta rondas, Larson empezaba a aparecer visiblemente cansado; estaba sometido a un esfuerzo mental bastante mayor del que nadie pudiera suponer, ya que no estaba jugando según el azar como todo el mundo creía. Nadie en todo el país conocía su secreto. Él era el único que veía las cinco secuencias; había descifrado la clave, era como el único niño de la clase que sabe leer, o como el tuerto en el país de los ciegos. Pero eso conllevaba una tensión considerable. Pese al cansancio mental, decidió continuar jugando unas rondas más. Siguió ganando. Después de un total de cuarenta rondas acertadas, con cien mil dólares en el bolsillo y agotado por una atención tan sostenida, decidió plantarse y terminar (¡finalmente!) su turno. Nadie podía creer lo que estaba viendo.
Pero aún necesitó suerte para poder llevarse su premio. A punto de terminar el programa, otro de los concursantes renunció a su propio turno, con lo que Larson, inesperadamente, tuvo que volver a enfrentarse al panel. Aquello lo cogió por sorpresa: tenía que jugar algunas tiradas más obligatoriamente, pese a que estaba ya mentalmente exhausto. Jugó y nuevamente acertó en las primeras tiradas. Pero en la última tirada obligatoria —tras resoplar, visiblemente abrumado por las circunstancias— surgió un serio problema: no logró mentalizarse lo suficiente como para descifrar la secuencia de luces. Se extravió. Por primera vez desde el inicio del programa se disipó su concentración y, a la desesperada, detuvo el panel prácticamente al azar… arriesgándose a perderlo todo de una sola vez. Era un momento extraordinariamente crítico, aunque nadie excepto él mismo podría sospechar hasta qué punto. Sin embargo, la fortuna estuvo de su lado: no se iluminó un recuadro de Whammy, sino uno que contenía un premio (un viaje a las Bahamas). Tras esa última tirada obligatoria en la que, jugándoselo todo a cara o cruz, había conseguido mantener su recién adquirida fortuna por los pelos, Larson señaló con visible alivio a la concursante de su izquierda, indicando que renunciaba a lo que quedaba de su turno. Se había salvado por muy poco. Se plantó con un total acumulado de 110.237 dólares, cantidad que marcaba un récord absoluto en la historia de los concursos televisivos (se tardaría la friolera de veintidós años en batir aquella marca, concretamente en un episodio de The price is right). Larson, que al principio del programa había contado cómo no había podido regalarle nada por su cumpleaños a una de sus hijas, dijo “ahora tendrá algún regalo” y bromeó diciendo que ya no necesitaría conducir más camiones de helado durante el verano.
Pero, mientras, todo que los productores de Press your luck querían saber era: ¿qué había hecho Larson para ganar? Porque estaban dispuestos a negarle el premio a toda costa.
“Es un tramposo. No vamos a pagarle”

Las evidentemente fingidas celebraciones de Larson despertaron dospechas en la CBS.
El programa se emitió en dos partes, a causa de lo larga que había sido la intervención de Larson, y lógicamente despertó un considerable revuelo. Pero eso no significó que Michael Larson recibió su premio al instante. En la CBS estaban convencidos de que Larson había manipulado el concurso de alguna manera y cuando empezaron a repasar la grabación del programa, aquel convencimiento quedó reforzado. Estudiaron cada gesto, cada movimiento, cada expresión inusual en el rostro del concursante. Descubrieron que, tras acertar cada recuadro, celebraba su victoria al instante. Los demás concursantes siempre hacían una pausa, unas décimas de segundo, lo que tardaba cualquier ser humano en comprobar visualmente el premio que se habían llevado. Pero él no hacía aquella imperceptible pausa, lo cual sólo podía significar que ya sabía que iba a ganar y estaba fingiendo la celebración. Es más: en una de las rondas Larson ganó un viaje en lugar de un premio en metálico, y los productores pudieron ver un asomo de decepción en su rostro, en vez de la alegría que se hubiera esperado por haber evitado perder su dinero una ronda más. No cabía duda: aquel tipo había hecho trampas. Pero, ¿cómo?
No fueron capaces de averiguarlo. Con las reglas del programa en la mano, no había nada que Michael Larson hubiera hecho y que pudiera considerarse ilegal. No existía ni rastro de conspiración con algún miembro del equipo del programa (lo cual tampoco hubiera servido de gran cosa, ya que nadie conocía las secuencias del panel excepto los programadores que lo habían diseñado en su día). Mientras concursaba no había mirado a nada ni a nadie excepto al panel —de hecho había estado particularmente concentrado— así que nadie le podía haber dado indicaciones. Finalmente, la verdad saltó a la vista: Larson conocía los patrones del panel de antemano. Los había deducido viendo el programa en su casa. Pero aquello no era ilegal, no era ninguna trampa en sentido estricto ni violaba ningún reglamento del concurso. Michael Larson había sido más listo que ellos, eso era todo. Les gustase o no, tenían que darle su dinero. Haciendo de tripas corazón, la CBS firmó el cheque de más de cien mil dólares.
Evidentemente, los productores del programa modificaron el panel después de aquella experiencia. La tecnología de la época no permitía grandes cosas, pero sí introdujeron nuevos patrones en el programa informático que controlaba el panel, lo cual hacía que repetir el truco de la memorización resultase prácticamente imposible. A alguien tan inteligente como Larson le había costado un considerable esfuerzo de concentración vencer con sólo cinco secuencias que memorizar. Tras la modificación, con más de treinta secuencias diferentes, ya no podía hacerse. Ni que decir tiene que el paso de Michael Larson por Press your luck marcó un antes y un después en esta clase de programas. Ahora, los creadores de concursos tendrían que preocuparse por establecer mecanismos lo bastante complejos o azarosos como para que nadie pudiera descifrarlos desde su propia casa. Larson, sentado en su sillón en Florida, había cambiado la historia de los concursos televisivos.
Dinero fácil
Aquella pequeña fortuna pudo haber cambiado la vida de Michael Larson para mejor, pero no fue así. Convencido ahora de que era el tipo más listo de la clase y de que estaba predestinado a ganar dinero rápidamente, las cosas —previsiblemente— empezaron a irle mal. Primero perdió una parte de sus ganancias en una mala inversión inmobiliaria, algo que sucede no pocas veces en estos casos. Después, con los 40.000 dólares que aún le quedaban, tomó la que probablemente fue la decisión más estúpida de su vida.
Había por entonces un programa de radio que organizaba un concurso bastante curioso y muy difícil de ganar. El locutor leía un número al azar: si algún oyente, por casualidad, poseía un billete de un dólar cuyo número de serie coincidiese con el número del día, ganaría un bote de 30.000 dólares. Evidentemente, las probabilidades de acertar eran prácticamente nulas; los oyentes, como cualquier otra persona, solían llevar únicamente un pequeño puñado de billetes en el bolsillo… el que precisamente uno de esos billetes contuviese el número de serie resultaba casi imposible. Pero Michael Larson, aún obsesionado por encontrar puntos débiles en los concursos como si aquello fuese la llave mágica hacia la fortuna, lo vio de otra manera. Si cambiaba todo su dinero restante por billetes de un dólar, sus probabilidades de acertar el número de la radio se multiplicaban por cuarenta mil. Así que sacó el dinero del banco, lo convirtió en fajos de billetes nuevos de un dólar y se dedicó a repasar aquellos fajos diariamente para ver si encontraba el número que leían en la radio. Desarrolló una nueva obsesión, tal y como había hecho con Press your luck. Naturalmente, llevaba el asunto en secreto. Pero al igual que sobreestimaba su propia inteligencia, subestimó la agudeza de sus vecinos… por el barrio no tardó en correr la voz sobre sus nuevas actividades.
El concursante que había asombrado a la nación con su astucia y que había ganado el premio más cuantioso en la historia de la televisión, terminó demostrando no ser tan astuto cuando salió una noche con su mujer dejando ocultos en la casa aquellos cuarenta mil dólares en billetes de a uno. Se mire como se mire: una mala idea. Cuando la pareja regresó al hogar, había sucedido lo que era de esperar: el dinero ya no estaba allí. Michael Larson entró en cólera. Pensaba que nadie podía haber conocido sus actividades sin mediación de su mujer y la acusó de haberse compinchado con algún tercero para simular el robo: ella respondió haciendo las maletas y marchándose para no volver. El concursante que había maravillado a los televidentes de la nación y que había puesto en un brete a la CBS estaba otra vez en la más completa ruina. Su codicia lo había cegado hasta el punto de no entender que guardar una fortuna en un domicilio particular es una ocurrencia particularmente desafortunada.
La pérdida de todo su célebre premio no ayudó a mitigar sus ansias por volver a ganar dinero fácil. Contactó con los productores de Press your luck para proponerles una nueva idea: reunir a los mejores concursantes que hubiesen pasado por el programa en un episodio especial donde competirían entre sí, y donde el público podría asistir a un nuevo desafío entre Larson y el ahora reformado y más indescifrable panel. La CBS, que básicamente no quería volver a oír hablar de aquel tipo nunca más, sencillamente le dio con la puerta en las narices. Durante los años siguientes Larson volvió al más completo anonimato, teniendo numerosas ocasiones para lamentarse de la fortuna perdida.
A principios de los noventa se le diagnosticó un cáncer de garganta, con el estuvo combatiendo durante toda la década. Su nombre sólo volvió al primer plano —aunque brevemente— cuando Robert Redford estrenó la película Quiz show, en la que se narraba la manipulación del programa Twenty-one durante los años cincuenta, un tongo que había provocado un considerable escándalo mediático y había obligado a establecer nuevos estándares de transparencia en los concursos. Diversos programas comentaron el film recurriendo a individuos que hubiesen tenido un paso célebre por algún concurso, y Larson pudo volver a aparecer en TV, esta vez concediendo alguna entrevista. Aquello le hizo sucumbir nuevamente a la tentación del dinero fácil, pero los concursos habían cambiado —¡por su causa!—, se habían vuelto más seguros. Ya no quedaban muchas más opciones de enriquecerse rápidamente mediante el juego que las delictivas. Larson se vio envuelto en un negocio ilegal de venta de loterías que fue desarticulado por la policía. Cuando el FBI inició la investigación y parecía evidente que una acusación en firme iba a caer sobre su persona, el ex-concursante decidió huir. Se esfumó del mapa sin que nadie conociera su paradero.
Finalmente, en 1999, un desaparecido Michael Larson perdió la batalla contra el cáncer y falleció: sólo entonces se hizo público que había permanecido oculto en la propia Florida, pasando la etapa final de su vida convertido en un prófugo de la justicia, un hombre arruinado que agonizaba mientras las autoridades intentaban dar con él.
Hizo saltar la banca y fue más astuto que la todopoderosa CBS. Pero creyó que podría repetir la suerte una y otra vez, como si la vida fuese uno de aquellos paneles luminosos… y se equivocó. Hoy es una de esas extrañas figuras tragicómicas de la historia de los concursos, como el Herbert Stempel que interpretó John Turturro en la mencionada Quiz Show. Pero nos enseña una valiosa lección: hay que saber conservar el premio cuando este llega, porque por muy listo que uno sea, no se puede ganar siempre.

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