lunes, abril 30, 2012

Mujeres que leen, mujeres que duermen

Mujeres que leen, mujeres que duermen:


“La vida no vale nada si no tienes una obsesión”, dijo John Waters. Yo tengo varias, pero dedicaré este artículo a dos de ellas: las mujeres que leen y las mujeres que duermen.
Las mujeres que leen son sexis. Empiezo con esta frase lapidaria para poner enseguida las cartas sobre la mesa: la inteligencia es erótica. Es ejemplar a este respecto la repetición del mantra “ brain is the new sexy ” por parte de Irene Adler en la reciente serie Sherlock : para amar y desear a alguien hay que admirarlo, y uno de los caminos más directos hacia la admiración es la chispa de la inteligencia .
Echadle un vistazo a esta fotografía de origen desconocido. Su protagonista es indudablemente atractiva, pero recibe un plus de belleza por su expresión ausente y concentrada en la lectura. A la hermosura juvenil, natural y distraída, se une el ensimismamiento de la belleza encerrada en sí misma, inaccesible y por tanto más deseable, como una diosa griega distante y carnal al mismo tiempo. La lectora puede estar completamente absorta o puede levantar de repente la mirada hacia el observador, sonriente o soñadora , relajada o nerviosa . En cualquier caso el arquetipo está claro: me encanta mirar (admirar, contemplar, estudiar) mujeres atractivas mientras leen. Ni siquiera es necesario que la lectura sea su afición principal: mi pareja es más amiga de la música que de la literatura, pero cada vez que le regalo libros de Romain Slocombe disfruto del placer vicario de contemplarla mientras lee.
Por supuesto, tengo que incluir el inevitable disclaimer: ¿por qué sólo hablaré de la belleza femenina y no de lo sexy que resulta ver hombres leyendo? Fácil: a pesar de que disfrutaría mucho más siendo bisexual (como decía Woody Allen , duplican sus posibilidades de pasarlo bien un sábado por la noche), a lo más que llego es a heteroflexible, por lo que tengo mucho más fácil identificar y admirar la belleza femenina que la masculina.
En cualquier caso, para comprobar si estoy en buena compañía en mi particular erotomanía literaria, intercambio opiniones con algún vecino de revista y, sobre todo, publico en Pinterest y Twitter fotos de mujeres guapas enfrascadas en la lectura, bajo el apropiado hashtag #readingissexy. No es difícil encontrar buenas imágenes: un buen punto de partida para convertirse en cazador de erotismo letrado es cierta famosísima actriz rubia.
Leer es sexy
“Tenemos que hacer que los libros vuelvan a molar. Si vas a casa de alguien y no tiene libros , no te lo folles.” John Waters
Es fácil encontrar imágenes de Marilyn Monroe (o, mejor dicho, Norma Jeane ) leyendo. No posando para cámara con un libro abierto por cualquier página a modo de atrezzo, sino concentrada en la lectura con ese particular abandono que los fetichistas del ” reading is sexy ” sabemos identificar. Es bien conocido que a pesar de que cultivaba con esmero la pose de rubia ingenua y poco espabilada, Marilyn no tenía un pelo de tonta y disfrutaba mucho de la lectura. Es interesante por ejemplo la historia de esta famosa fotografía tomada por Eve Arnold en 1954, que no fue un posado sino un momento de pausa durante una sesión fotográfica que Marilyn aprovechó para relajarse repasando las últimas páginas del libro que había traído: el Ulises de James Joyce . En otras fotografías aparece con un ejemplar de Un enemigo del pueblo de Ibsen (en adaptación de su entonces marido Arthur Miller), o las Hojas de Hierba de Walt Whitman en más de una imagen , o un libro sobre Goya , o (nadie es perfecto) How to improve your thinking ability .
Uno tiene la impresión de que Marilyn se sentía más cómoda siendo fotografiada con un libro en la mano (he aquí otro uso del libro: el escudo protector) que en sus habituales poses de pin-up. Y aunque haya quien dude de la inquietud intelectual de Marilyn, como Esther Tusquets en el prólogo de un libro que enseguida comentaremos, tan cercana resulta esta imagen al núcleo de su personaje que una de las más famosas imágenes promocionales de Michelle Williams caracterizada como Norma Jeane en la película Mi semana con Marilyn fue esta . Aunque probablemente mi imagen favorita de Marilyn sea ésta , en la que su sonrisa pícara resulta especialmente natural.
El campo del #readingissexy es inagotable: tenemos bromas visuales como ésta de Natalie Wood , mujeres que leen junto a su gato , lectoras de cuarto de baño , fans de Kurt Vonnegut con look rockabilly , doncellas que fingen leer y fingen quitar el polvo , lectoras contorsionistas , universitarias que estudian en el césped del campus y gafapastas que hojean libros de pin-ups llevando cinturón de castidad en fotos de Eric Kroll .
El propio libro puede convertirse en objeto erótico, como en este momento de intimidad con un tomo de Mario Testino : cuando me preguntan si en el futuro el libro electrónico sustituirá al de papel siempre pienso en esta fotografía, que difícilmente funcionaría con un Kindle… Es más fácil acariciarse con papel que con silicio. Hablando de caricias: es bien sabido que hay libros pensados para ser leídos con una sola mano , y puede averiguarse mucho de una mujer sabiendo con qué lecturas se excita .
No sólo en la fotografía podemos encontrar bellas imágenes de mujeres leyendo: hay muchísimos artistas que han sabido retratar ese hermoso momento de belleza ensimismada. Traigo algunos ejemplos a vuelapluma: este cuadro de Sir Frederic Leighton, o este de Balthus , o esta hermosa ilustración de Alberto Vargas . Si queréis tener en las manos un libro entero dedicado a las mujeres lectoras, os recomiendo el de Stefan Bollmann , publicado por Ediciones Maeva con prólogo de Esther Tusquets y llamado Las mujeres, que leen, son peligrosas .
No me gusta la inclusión de esas dos comas en el título. Dan a entender que todas las mujeres leen, lo que es rotundamente falso: las hay que no cogen jamás un libro, del mismo modo que hay hombres que sólo los usan para calzar mesas. Esas puñeteras comas eliminan precisamente la distinción que individualiza a las mujeres a las que está dedicado el libro: las que son capaces de abstraerse en la lectura.
El recorrido empieza con La Anunciación de Simone Martini , retablo en que la Virgen María aparece más bien molesta de haber sido interrumpida en su lectura por el ángel. Sin ningún orden particular, continúa a través de imágenes de mujeres enfrascadas en la lectura tan hermosas como la ingenua Joven leyendo de Franz Eybl (una muchacha en arrebato cuasi-religioso), el Interior con muchacha leyendo de Peter Ilsted , la sensual Muchacha leyendo de Jean-Jacques Henner o el fascinante Retrato de Katie Lewis de Edward Burne-Jones .
Las pinceladas históricas sobre femineidad y lectura que acompañan al libro repasan las restricciones impuestas a las mujeres para acceder a la lectura y a determinados libros. En el siglo XVI el humanista Juan Luis Vives (sí, el del instituto valenciano combativo) aconsejaba a los maridos que evitaran por todos los medios que sus esposas e hijas leyeran: “las mujeres no deberían seguir su propio juicio, dado que tienen tan poco”. Tres siglos más tarde, el revolucionario francés Sylvain Maréchal escribió un largo panfleto llamado Projet de loi portant défense d’apprendre à lire aux femmes (“Proyecto de ley para prevenir la enseñanza de la lectura a las mujeres”), cuyo texto original puede consultarse aquí . Con su característico estilo entre satírico y mortalmente serio, pasa revista a las grandes mujeres de la Antigüedad que no necesitaron saber leer (desde Elena de Troya hasta Juana de Arco ), advierte de los peligros para la convivencia de que las esposas sean más sabias que sus maridos, y deja caer reflexiones tan antipáticas para el erotómano de la lectura como “ las mujeres que se ufanan de saber leer y de escribir bien no son las que mejor saben amar”. Qué sabrás tú, cenizo Maréchal.
Este tipo de objeción resulta sorprendentemente frecuente: la intelectualidad, el genio y la inteligencia se reservan para la lectura y el hombre, mientras que a la mujer se le asignan sólo los sentimientos del corazón… Una argumentación pobre incluso dejando de lado los aburridos tópicos de Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus: no todos los libros son áridas enciclopedias, sino que pueden rebosar de locura y sentimiento. Los libros, exactamente igual que las personas, son una mezcla de razón y sentimiento, de impulso y razón, de tripas y lógica.
De un modo u otro , es innegable que el acceso a la lectura constituye el acceso al mundo de la cultura (sea la popular o la erudita), y por tanto resultó un arma en manos de las mujeres. Leer no sólo culturiza: también hace ganar autonomía, seguridad personal, horizontes nuevos a investigar. El libro se convierte en un objeto de empoderamiento social femenino .
En este sentido, es interesante echarle un vistazo a La conspiración de las lectoras , de José Antonio Marina y María Teresa Rodríguez de Castro , un entretenido ensayo en que se examina el caso del Lyceum Club Femenino , una asociación de mujeres que nació en el Madrid de los años veinte y contó con intelectuales como M aría de Maeztu , Victoria Kent , Clara Campoamor , Zenobia Camprubí … Hasta 115 mujeres que durante la dictadura de Primo de Rivera colaboraron en la alfabetización, defendieron la igualdad femenina y la incorporación de la mujer al mundo del trabajo y la educación. Especialmente importantes fueron los seminarios de derecho impartidos por abogadas como la propia Campoamor: gracias a ellos muchas mujeres descubrieron cómo organizarse y exigir reformas legales, como la de sustituir el artículo 57 del Código Civil (“el marido debe proteger a la mujer y ésta obedecer al marido”) por el más razonable “marido y mujer se deben protección y consideraciones mutuas”. El Liceo continuó activo hasta el estallido de la Guerra Civil, a pesar de enfrentarse a una fuerte oposición social que tildaba a sus socias de locas o maníacas. Nada nuevo bajo el Sol: la mujer intelectual vista como amenaza.
Y así, entre reflexiones sobre feminismo y pinturas magníficas van pasando las páginas, hasta que al llegar a un cuadro como éste de Carl Holsoe se despierta otra de mis erotomanías favoritas. ¿Qué ocurre cuando una mujer se queda dormida leyendo un libro ? ¿Cómo cambia su belleza al pasar de la concentración activa y ensimismada al relax absoluto del sueño?
Las bellas durmientes
Carrie, sólo te gusta La Bella Durmiente porque duerme durante cien años y no envejece ni un día”. Stanford en Sexo en Nueva York
En una de sus mejores novelas, el premio Nobel japonés Yasunari Kawabata describe un burdel muy particular, habitado por prostitutas vírgenes que lo siguen siendo después de pasar la noche con sus clientes. El coito está prohibido en La casa de las bellas durmientes : los clientes, ancianos en su mayoría, pagan enormes cantidades de dinero por pasar la noche en compañía de hermosísimas jóvenes narcotizadas. Profundamente dormidas desde antes de su llegada hasta después de que se marchen, lo único que deben hacer las jóvenes es lucir pasivamente su belleza ante la mirada ávida de los ancianos.
¿Qué obtienen los clientes de ese extraño burdel si no es satisfacción sexual? Algo probablemente m ás importante para quien tiene más pasado que futuro: recordar las sensaciones eróticas de su juventud, disfrutar de la contemplación de la belleza, dormir abrazado a un cuerpo joven, cálido y suave… Los viejos miran, admiran y acarician sin miedo a que nadie juzgue la decrepitud de su propio cuerpo, y pasan la noche en un simulacro de compañía. Algunos sienten un fervor incluso religioso, convirtiendo a la bella durmiente en una diosa capaz de concederles la redención:
“Mientras yacían contra la carne de muchachas desnudas que dormían un sueño provocado, en sus corazones habría algo más que temor a la muerte cercana y nostalgia de su juventud perdida. Podría haber también remordimiento, y la inquietud tan común en las familias de los prósperos. No tendrían ningún Buda ante quien arrodillarse. La muchacha desnuda no sabría nada, no abriría los ojos si uno de los ancianos la tomaba con fuerza en sus brazos, no derramaría lágrimas, no sollozaría ni siquiera gemiría. El anciano no necesitaría sentir vergüenza, los remordimientos y la tristeza podrían fluir libremente. ¿Y acaso no podría ser la propia «bella durmiente» una especie de Buda? Era de carne y hueso, y su piel joven y su fragancia podían significar el perdón para los tristes ancianos”.
Kawabata rescató un tropo grabado a fuego en el inconsciente colectivo y los cuentos de la tradición oral: el de la bellísima mujer profundamente dormida, ausente, desvalida y a la vez carnalmente presente. En esa línea, varios autores japoneses han utilizado “prostitutas del sueño” en sus historias, como mi admirada Banana Yoshimoto en Sueño Profundo o Haruki Murakami en su mejor novela, la Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.
Aunque tal vez el fan más famoso de Kawabata sea Gabriel García Márquez , que ha homenajeado a La Casa de las Bellas Durmientes en el gran cuento corto El avión de la bella durmiente y en la lamentable novela Memoria de mis putas tristes . El cuento es sencillo y emotivo, un bonito alegato a favor de la belleza dormida. En cambio, Márquez se podría haber ahorrado el segundo homenaje: lo que en la historia original era sutilmente cruel, hermoso y sórdido, se convierte en Memoria de mis putas tristes en una improbable historia de amor bien escrita pero finalmente hueca y autocomplaciente.
Como referencia contemporánea al arquetipo de la “joven desnuda y profundamente dormida”, hay que mencionar la reciente película Sleeping beauty , escrita y dirigida por Julia Leigh como adaptación modernizada de La casa de las bellas durmientes . Extraña y desasosegante, capta muy bien el espíritu de la novela de Kawabata y su ambiente progresivamente denso y enrarecido (“como un submarino en el que se fuera acabando el aire” en palabras de Yukio Mishima en el prólogo de la novela).
¿En qué se diferencia la belleza abstraída de las lectoras y la de las dormilonas? No todas las mujeres leen, pero todas duermen: la lectura tiene un plus de exclusividad y elección consciente que no tiene el sueño. Hay más diferencias: la mujer que lee tiene una belleza tensa, activa, concentrada; la belleza de la que duerme es lánguida, pasiva, relajada… Y mucho más indefensa.
Existe toda una poética de la indefensión, como descubre el protagonista de La llave , libro cruelísimo de Junichiro Tanizaki , al recuperar la pasión con su esposa gracias a las fotografías que le saca mientras está inconsciente y desnuda en la cama. Si a una persona dormida la encontramos hermosa sentimos el impulso de acunarla, protegerla, abrazarla… Por otra parte, los rostros dormidos tienen algo fascinante , una cierta autenticidad hipnótica y desconcertante. Al dormir nos despojamos de todas las máscaras con que nos protegemos durante la vigilia; al perder el control consciente de nuestra expresión facial, nos mostramos tal como somos. Y es que una cara dormida nunca es completamente neutra. En la cara de una lectora se refleja el libro que está leyendo: si en el capítulo se narra una tormenta habrá truenos en su mirada; si se describe un incendio, las llamas iluminarán su expresión. Pero si esos reflejos los vemos en la cara de una mujer dormida, sabremos que el incendio está en su interior, en su narración interna , su propio libro autobiográfico. Cada ceño fruncido o sonrisa inesperada en el rostro de una mujer dormida es una línea en el mapa de su alma.
Eso sí, no me pidáis una poética de los ronquidos.
Cadáveres exquisitos
Los dormidos y los muertos no son más que imágenes”. Macbeth, William Shakespeare
Por mucho que Shakespeare compare a los dormidos y a los muertos, por mucho que a la muerte le llamen “el sueño eterno”, por mucho que pueda parecer indistinguible a simple vista una persona profundamente dormida de una muerta… No es lo mismo dormir que morirse, aunque Sueño sea el hermano menor de Muerte . Una cara muerta ya no es un mapa de nada, ya no refleja nada, y la belleza que le pueda quedar a su expresión es desesperada y definitivamente ausente. Como aprendimos los que vimos la tremenda serie A dos metros bajo tierra , los cadáveres ya no tienen más expresividad que la que le otorgue el maquillador.
En 1852 el pintor británico John Everett Millais terminó su obra maestra Ofelia , el retrato de la pobre enamorada de Hamlet que se suicida ahogándose en un río. El cuadro es extrañamente hermoso, fascinante y terrible, y su composición ha sido imitada en muchas ocasiones por artistas como Steven Graber , Rineke Dijkstra o Hellen van Meene . En la famosísima murder ballad de Nick Cave llamada Where the wild roses grow , una espectral y bellísima Kylie Minogue asesinada adopta la postura post-mortem del cuatro de Millais, mientras que en la Melancholia de Lars Von Trier aparece una Ofelia con los rasgos de Kirsten Dunst . En los primeros años del siglo XX el respetado escritor Natsume Soseki describió el cuadro como “una imagen de considerable belleza”, convirtiéndolo en muy popular en Japón. Es fácil suponer que Kawabata se vio influido por esta corriente de fascinación por el destino de Ofelia, o al menos eso ayuda a explicar la aparición de la muerte en las últimas páginas de La casa de las bellas durmientes .
Queda como ejercicio para el lector encontrar equivalentes masculinos para la fascinación con el hermoso cadáver de Ofelia. Palabras clave: Pietà , Che Guevara , Heathcliff.
El sex appeal de Ray Bradbury
Siempre imagine que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Jorge Luis Borges
Pero no quisiera acabar este artículo hablando de cadáveres, por exquisitos que sean: volvamos a la alegre erotomanía de la lectura y el brain is the new sexy con dos comentarios-tontería de despedida. En primer lugar quiero hablaros de un concurso literario estadounidense un tanto peculiar, el Annual Naked Girls Reading, cuyas bases podéis consultar aquí . Ficción breve de tema libre (sólo se pide que sea “visceral”), quinientos dólares de recompensa y la particularidad de que en la entrega de premios los relatos ganadores son leídos por cinco miembros del jurado: jóvenes guapísimas completamente desnudas. Sin duda será algo digno de verse, al menos si las lectoras son como estas bibliotecarias suecas . Y por último, me despido con un vídeo-parodia homenaje a las mujeres lectoras, especialmente a las fans de la ciencia ficción… Una divertidísima chorrada geek de Rachel Bloom llamada Fuck me, Ray Bradbury !

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